miércoles, 1 de mayo de 2013

Música en las venas

Una de las cosas que más me entusiasman, aparte de escribir, leer, cocinar, coser y tejer (y no necesariamente en ese orden), es la música.

La música es algo vivo, que siento retumbar en mi interior, es parte de la sustancia que soy, es capaz de conmoverme, como no sé explicar con palabras.

Siempre respeté a los privilegiados que sabían tocar un instrumento, o a los que, encima, eran capaces de leer una partitura, he respetado, incluso más profundamente, a los compositores. Les admiraba y les tuve secreta envidia.

Pronto hará cinco veranos en que se me pasó por la cabeza, una vez más, la idea de aprender a tocar un instrumento. Lo más socorrido, práctico y llevadero, pensaba entonces, era la guitarra. Empecé a buscar profesores, escuelas, comencé a averiguar precios. Era, ésta, un idea que había ido apareciendo cíclicamente en mi vida desde mis tiempos de facultad. Pero, siempre tenía a mano una excusa sensata para no seguir mis impulsos.

De todos modos, me vi obligada a abandonar el tema, una vez más: empezaba en un trabajo nuevo, empezaba a estudiar para las oposiciones, tuve un par de reveses familiares graves y el que creí mi mejor amigo, salía huyendo por la puerta de atrás a finales de agosto de 2008, dejándome sola en medio de un panorama espiritual y económico comprometido, por definir mi situación de una manera suave.

Tras naufragar en todo ello, salí a la superficie, abrí este blog y empecé a comprobar que podía seguir viviendo por mí misma (cuando alguien te deja tirado, pronto descubres que ni era tan "amigo", ni imprescindible ni valioso), me dí cuenta de que era capaz de afrontar lo que me echaran sin perder mi sonrisa más que un rato.

La idea de aprender música quedó enterrada, entre todo aquello, una vez más. Me dije a mí misma que nunca jamás lograría aprender.

Nunca jamás es una expresión tan definitiva como inexacta. La vida es sorprendente, nosotros somos sorprendentes. Los pensamientos y las ideas que nos definen un día, cambian al siguiente. En ocasiones, es una cuestión de enfocar las cosas desde la perspectiva adecuada.

La perspectiva adecuada vino de la mano de una persona que hace mucho que conozco, de la esfera de blogs que frecuento desde otoño de 2008. Por una razón tan trivial y casual como un libro, iniciamos una amistad muy especial.

Una de las primeras cosas de las que hablamos fue de música. A través de nuestras conversaciones esta persona me mostró la complejidad misteriosa de la composición musical, del lenguaje musical. Lo más importante es que me hizo ver que no había nada imposible. Si me gustaba la música, ¿por qué diantres no dedicaba unos euros y unas horas a aprender un instrumento? Y... ya puestos, ¿por qué no aprender a tocar piano?

Exactamente, ¿por qué no?

Cambié mi ángulo de visión, lo pensé, fui a informarme a diversas escuelas de música cercanas a mi casa.

A finales de enero de 2011 inicié mis clases de piano.

Llevo apenas dos años peleando con las teclas blancas y negras, mientras, paralelamente, aprendo lenguaje musical, para poder comprender mejor lo que estoy tocando.

De la mano de Marta, mi profesora, llevo dos años en un mundo fascinante, que resulta de la combinación de razón y corazón, de lógica racional, de matemáticas, de física y de sentimiento. Caí de inmediato en el embrujo de los sonidos, las divertidas siluetas de las notas, y de la notación musical, que estoy aprendiendo en inglés, catalán y castellano a la vez. Caí en la magia de la academia, en la que siempre hay alguien tocando, ensayando, sea saxo, guitarra, canto. Es divertido alternar con los enanos bajitos que son los niños que estudian instrumento o iniciación al lenguaje musical. Acabar la clase y ver entrar a Daniel o a Julia, o a una niña que se apasiona tanto por la música que se abraza a los instrumentos cuando alguien los hace sonar bien...

Estudiar piano es intenso, es exigente, me pone contra las cuerdas, pone mi cerebro a cien, pone en tensión mis manos, mi atención; me divierte, me relaja, cambia mi estado de percepción de las cosas. Es lo más parecido a una meditación, al menos, para mí.

Estas semanas estamos ensayando a toda prisa. Dentro de catorce días, los adultos que estudiamos en la academia realizaremos una pequeña demostración y he de preparar una pequeña pieza. Con mi profesora estamos preparando tres a la vez, sencillas, para elegir la que nos guste más.

Hace apenas dos meses salí bien parada de una intervención quirúrgica. Cuando me sentí mejor, aprovechaba alguna mañana para ir a la escuela a practicar alguna de las partituras con un piano de verdad.

Una mañana me emocioné tocando una adaptación a piano del tema romántico de la película "The Lion King". Se me dirá que es una cursilada total y yo responderé que tiene razón.

Sin embargo, fue intenso descubrir que, tras dos años, en ocasiones, me dejo ir en lo que tocan mis dedos (falta mucho para que dejen de ser torpes). Fui capaz de entrar en el "mood" de la pieza y me acabó transportando.

Trabajar con dos partituras (una para cada mano), leer las notas mientras se tocan, entrar en la magia de la melodia que se intenta hilar y apreciarla, todo al mismo tiempo, no es nada sencillo.

Esta es una de las partituras que estoy aprendiendo: una pieza más pícara y divertida. Es lo que tiene la música, un tema para cada lugar y cada momento.







5 comentarios:

Joselu dijo...

¡Qué maravilla que hayas podido por fin llevar a cabo tu deseo de aprender un instrumento musical! Es algo que también he anhelado muchas veces, de hecho toda mi vida lo he hecho. Incluso cuando tenía 16 años fui con un profesor de guitarra a aprender a interpretar una partitura. Pero fue inútil. En mi caso hay un problema de partida. Carezco de oído musical y del sentido del ritmo. Me gusta la música pero no estoy dotado en absoluto para ella. Y esta idea de aprender piano me ha asaltado en multitud de ocasiones pero sé de antemano que es inútil. Soy incapaz de entender un compás y no percibo el tempo de la música… Una pena, Sarah, una pena… Pero en fin. Me llena de alegría volver a saber de ti y conocer tu decisisón de aprender por fin música. Gracias por tu comentario y tu presencia en el blog.

sarah dijo...

Je je, no te creas, que no es fácil para nadie. Yo no tengo aptitudes especiales, pero tengo ganas y soy cabezona como la parte maña de mi espíritu demuestra.

Por ser cabezona estoy de nuevo aquí, exprimiendo todo lo que pueda sacar de mí misma mientras pueda, y aprendiendo de personas como tú, por cierto.

Ya contaré, de momento, me queda una semana para la demostración, y mi profe, que está tan pallá como yo, ha decidido que tocaremos dos piezas a cuatro manos. En fin, yo no prometo nada, pero cuando menos, será divertido. Tocar en un piano de cola no es moco de pavo, ni para una aprendiza de todo como soy yo.

Me alegra verte "vivito y coleando". No esperaba menos de ti. Abrazos.

sandrita dijo...

No lo dejes y sigue adelante con el piano. Seguro que te sale bien en la demostración. ¡Ánimo!

Joselu dijo...

Hace más de un año que no publicas. Supongo que es normal alejarse del mundo de los blogs por cansancio, por otras tareas, por desgaste, por tener otros soportes más ágiles. Yo sigo tras casi nueve años. Recuerdo un tiempo en que estábamos en contacto y apreciaba mucho tus comentarios teñidos de una calidez y calidad que me resultaba especial. Quiero pensar que estás bien y que tienes trabajo. Creo que trabajabas en el Hospital del Mar. Ojalá todo vaya muy bien. Un abrazo muy cálido.

sarah dijo...

Joselu, sigo viva y me ha alegrado profundamente que alguien se pasara por ahí.

La idea era retomar la escritura, desde otro ángulo menos naïf del que llevaba en mis primeras entradas. Poco después de este última entrada, cambié radicalmente de vida: llevo un año ya viviendo en Madrid, con un trabajo nuevo, diferente del que realizaba en el Hospital del Mar... ha sido un año de mucho trabajo, muchos cambios y muchos retos.

Tengo mucho de qué escribir, lo visto y aprendido da para muchas entradas.

Pero, casualidades de la vida, has escrito justo en el momento adecuado: mi madre nos dejó el pasado 2 de Julio, tras nueve años de lucha contra un linfoma No-Hodgkin, consecuencia de la medicación que tomaba para evitar el rechazo de su riñón trasplantado. Ha sido muy duro verla pelear y abandoner la lucha. Ha sido duro tener que despedirse de ella y en ello estoy, aceptando lo que hay que aceptar. No deja de sorprenderme que me hayas escrito, precisamente ahora...
He de ver si sé utilizer las palabras adecuadas para reabrir este espacio.
Un abrazo enorme, Joselu


Lovecats, de Benita Winkler